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La (des)articulación

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En la interacción entre las instituciones e organizaciones dedicadas al desarrollo rural y las comunidades en las zonas rurales se puede observar la confrontación de dos mundos que nos son compatibles..

Ya en 1970 el mismo Paolo Freire enfatizó en su “pedagogía de los oprimidos” la necesidad de una educación dialógica horizontal, en el cual el estudiante se realiza a propia fuerza, aprendiendo del educador, pero donde el educador también aprende del estudiante y reconoce su propia humanidad. Pero en la práctica diaria de la educación y el desarrollo rural, se puede observar todavía mucha incidencia de lo que Freire llamó “educación bancaria”, reflejando “un modelo de opresión estandarizado y naturalizado en la relación verticalista entre un "ignorante absoluto", el educando, y un "sabio absoluto", el educador, que deposita datos dentro de la cabeza de su estudiante, sin considerar absolutamente nada de la relación establecida y manteniendo naturalizados los conceptos de sumisión.”

 

REFERENCIA.

A pesar de que esta teoría ha sido aceptada por amplios sectores de académicos dedicados al desarrollo rural, hoy en día los intervencionistas llegan a las comunidades rurales con la buena intención de “ayudarles a desarrollarse ellos mismos”. En la práctica suelen repetirse las relaciones de oprimidos con dominadores, que están profundamente arraigadas en la historia colonial. Todavía los extensionistas llegan con una misión que les fue encargada por sus patrocinadores, con base a políticas que generalmente han sido formuladas en las oficinas del gobierno nacional y/o por expertos de los donantes de la comunidad internacional, sin un rol activo para estas poblaciones. Desde el punto de vista de los campesinos, aquellos extensionistas siguen llegando como enviados desde un mundo ajeno, pensando en otra lógica, nolens volens todavía como colonizadores.

 

Es necesario un nuevo perfil de extensionista sensible y cercano a la realidad campesina; uno que pueda estar en mejor posición de conectar estas dos visiones del mundo y de esta manera diseñar y ejecutar intervenciones que tengan más probabilidad de resultar sostenibles; y finalmente que sus raíces en las mismas comunidades puedan lograr una mejor apropiación de la población para con las iniciativas de cambio.

Para formar este tipo de recurso humano, lo que el revolucionario italiano Gramsci (1891 – 1937) llamó “intelectuales orgánicos”, se requieren inversiones fuertes e inteligentes en educación, de tal manera que las mismas comunidades logren retener y aprovechar mejor sus talentos. Talentos rurales que ahora, si logran estudiar, tienden a abandonar las zonas rurales en búsqueda de un mejor futuro que no lo ven en sus propias comunidades. Un programa de desarrollo rural debe incluir una formación idónea que logra retener parte de estos talentos para que puedan liderar un desarrollo local generado desde y por medio de la misma comunidad. Una formación además que respeta los saberes locales y construye conocimientos sobre la base de los mismos. Algo que solamente podrá ser alcanzado si la universidad logra vincularse intensivamente con la sociedad y las comunidades en su entorno.

La realidad es que muchos programas de estudio, incluso tal vez carreras ofrecidas por Centros Universitarios de la USAC, no están construidas según esta lógica y, desde luego, siguen teniendo de cierta manera un efecto “colonizador”. En vez de ayudar los talentos locales a entender mejor su medio y buscar nuevas soluciones a viejos problemas, la educación aliena el estudiante de su medio, apreciado como “primitivo” y motiva su incorporación en un sistema “superior”.

 

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